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Dominio del espacio

Y de pronto se forma

en lo hondo del vientre de una esposa

un nódulo de células que crece

y crece y crece y crece sin parar.

Ya no cabe en la madre.

Ya sale de la madre

un cachorrillo diminuto, feo,

mamoncete llorón y desvalido

que crece sin parar.

Ya va al colegio.

Ya va de marcha a un parque de atracciones.

Ya va de campamento a un parque natural.

Ya abre los brazos

y une con sus manos las antípodas.

Ya no cabe en el mundo,

otea los espacios, busca mundos mayores.

Ve una estrella que brilla con resplandores mágicos

y se lanza a atraparla;

pero no lo consigue.

Se queda pensativo; no comprende

qué ha fallado en su salto.

Otra estrella lo atrae:

se lanza con más brío a conquistarla

y fracasa otra vez.

Otra vez queda quieto, pensativo;

sigue sin entender y se enfurece.

Mas luego poco a poco va cesando la furia

del cazador de estrellas fracasado.

Su mirada se torna

menos altiva, un punto melancólica.

Su enormidad comienza a reducirse;

su voz no es tan vibrante, es más grave y serena.

Sus manos, sus miradas

se orientan a otros seres más cercanos

que por doquier pululan.

Una mujer lo llama; él se siente transido

de su cálida luz: es la estrella que busca.

Se abrazan y la dicha los inunda.

No quieren ni podrían separarse.

Juntos gozan y sufren, trabajan y descansan,

andan por los espacios de la tierra.

Ya sostienen en brazos

un cachorrillo diminuto, feo,

un lindísimo niño

que crece incontenible.

Querrán tener más hijos, los tendrán.

Y crecerán los hijos

y un día partirán quién sabe adónde.

Ellos se mirarán, aún enamorados,

y estarán invadidos de tristeza,

desolados en su pequeña casa.

Y otro día al ocaso se mirarán de nuevo

y se verán ancianos, consumidos.

Definitivamente descordados

dejarán de latir sus corazones.

Quizá sus hijos guarden

sus restos en dos urnas funerarias.

Septiembre de 2006

Jon Juaristi

Todavía recuerdo qué fue lo primero que leí de este escritor bilbaíno nacido en 1951: fue el soneto titulado “San Silvestre, 1985”, hace diez o doce años. Este soneto me encantó: su aparente prosaísmo, su ironía, su sencillez en sus referencias ‘culturalistas’, su respeto a la forma métrica elegida a pesar de su aire de desliño y desencanto… Desde entonces he leído todo lo que he podido de Juaristi, y todo me ha gustado; incluso aquello que, por mi vasta incultura, sólo entendía a medias. Y procuro no perderme su columna de los domingos en ABC.

Creo recordar que José Luis García Martín, a mi entender el mejor conocedor de la poesía española actual, se manifiesta orgulloso de haber sido él quien lo “descubrió” como poeta de los que no pueden faltar en las buenas antologías. Y hace un año, más o menos, Mario Vargas Llosa le dedicó su artículo en El País: un gran elogio para Juaristi de quien, como escritor, se los merece todos.

Ahora veo en la prensa y en Internet que ha ganado el Premio Azorín con su primera novela, La caza salvaje. Me la prometo para el verano, que ya está próximo.

En este blog he editado hace unos días una selección de Diez poetas españoles del siglo XX, para mis alumnos de 2º de Bachillerato. El primero de estos poetas es, en orden cronológico, Juan Ramón Jiménez; el último, en orden cronológico, insisto, es Jon Juaristi. Entre ellos no está Antonio Machado porque mis alumnos ya han leído, o han debido leer, una antología del buen don Antonio. Y hay otras clamantes ausencias porque esta selección está basada tanto en mis gustos como en las necesidades de los alumnos.

Cierto familiar ha pretendido advertirme sobre la posible ilegalidad que yo podía estar cometiendo al editar en mi blog páginas de escritores sin la licencia correspondiente. Naturalmente, yo no editaría un libro de nadie sin permiso: eso sí lo consideraría un delito. Pero editar unos cuantos poemas por considerarlos dignos de un detenido estudio, dignos de servir de modelos para esta generación de jóvenes lectores de poesía (aunque sean lectores por obligación)… De eso no me siento culpable: me siento orgulloso de aportar “mi granito de arena” para que Juaristi, u otro autor actual que me merezca tal consideración, se convierta en un clásico.

Primaveras de antes

No son las primaveras como antes:

cuando el río bramaba como el toro,

cuando olían a virgen los habares,

cuando éramos hijos de la tierra.

 

No son las primaveras como antes:

cuando el heno caliente era la cama

y la albarda del mulo la almohada;

cuando éramos hijos de la tierra.

 

No son las primaveras como antes:

cuando las golondrinas

construían su casa en nuestra casa;

cuando los ruiseñores

cantaban su dolor en nuestra parra;

cuando éramos hijos de la tierra.

 

No son las primaveras como antes:

cuando el hombre crecía con la lluvia

como el olmo, el olivo o la palmera;

cuando todo era Dios;

cuando éramos hijos de la tierra.

 

No son las primaveras como antes:

cuando vivir era todo;

cuando morir no era morir:

era ser padres de la tierra.