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Unas pedraíllas

Iba atravesando un terreno embarrado por alguna acequia de riego que se había desbordado, pero mi experiencia peregrina me permitía seguir avanzando sin clavarme en el barro.

Pronto me encontré ascendiendo por una ladra seca, cubierta de plantas de monte bajo, con amplio cielo azul sobre la loma que yo, caminante feliz, remontaba.

De pronto algún ruido llamó mi atención a la derecha, por donde la loma descendía en talud hacia el llano labriego del que yo me alejaba. Y vi allí abajo a un chico de no más de trece años que me increpaba a gritos, y profería amenazas conminándome a que bajara; y que pasaba de las palabras a las piedras, que me arrojaba sin la más mínima probabilidad de producirme un descalabro, ya que la diferencia de altura hacía que sus proyectiles cayeran ante mí sin peligro para la integridad de mi persona.

En seguida apareció otro chico que secundó al primero en mi apedreamiento, con el mismo resultado incruento de su compañero. Aun así, se sublevó mi sangre, y, con la ventaja que me daba la altura, comencé a apedrear a aquel par de minúsculos cabrones, con idéntico resultado al que ellos habían obtenido; porque mis piedras, aunque llegaban con más fuerza y precisión a las proximidades de sus objetivos, se hacían visibles a mis enemigos desde una distancia suficiente como para que ellos pudieran esquivarlas.

Todo el que en su infancia ha jugado unas “pedraíllas” sabe que la posibilidad de descalabrar a un contrario se basa en que en cada bando haya un mínimo de media docena de atacantes, con lo que se hace bastante más difícil controlar la trayectoria de los proyectiles que te llueven sobre la cabeza.

En fin, fue una lucha sin vencedores ni vencidos que me amargó el empeño del ascenso. Comencé a desandar por la pendiente, frustrado e indemne. Y, al llegar otra vez a la zona irregularmente irrigada, me encontré frente a los chicos; con mis enemigos al alcance de mi furia.

Me abalancé sobre el primero. Y en ese mismo instante me desperté.

Sí: tema educativo

Este curso, en el reparto de grupos, me han tocado los segundos de Bachillerato y un primero de la ESO (Latín de primero de Bachillerato aparte). Mucho salto de tamaño de un grupo a los otros. Además, es muy trabajoso el trabajo, valga la rebuznancia, en primero de ESO. Menos mal que el grupo que a mí me ha tocado, según está el patio, es bastante potable.

Lo que pasa es que uno preferiría que a los mayores de 55 años, en lugar de la reducción de las dos horas lectivas semanales, nos devolvieran el título de profesores de Bachillerato que nos robaron cuando crearon la ESO; y sólo diéramos clase en esos grupos de Bachillerato.

Esta mañana, mientras los mayores hacen su primer examen (de Lengua o, mejor, de Lingüística Española) hojeo el tema, perdón, la unidad didáctica que vamos a iniciar en 1º de ESO… Resulta que encuentro los contenidos de un par de temas de los que estos alumnos de 2º de Bachillerato se están examinando; y prácticamente en el mismo grado de desarrollo y amplitud. ¡Qué barbaridad!

Me tendré que plantear muy seriamente, si doy clase en 2º de Bachillerato el próximo curso, la posibilidad de utilizar como libro de texto… ¡el de primero de ESO!

Mi laurel… y mi ciprés.

Mi laurel…

…y mi ciprés

Mi ciprés