Señor, si llego a ver una señal que indique
con claridad que el fin es inminente,
te haré una petición, un ruego vehemente;
espero no te escueza ni te pique:
“Déjame con mi cuerpo, y a esa mi alma di que
nunca la quise: fue tan sólo carga ingente
que me aplastó y hundió continuamente.
Quédatela y que no te perjudique.
Mientras yo, con mi cuerpo, me reintegro a la Tierra.
Ella fue hermosa madre; y yo fui lindo hijo.
Ella me quiso siempre… Mira cómo se aferra
a este cuerpo yacente, de su entraña retoño;
mira cómo, buen hijo, en ella me cobijo,
abrigado en las hojas caídas del otoño.”
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