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Kite Tarifa School

Cálidos galardones, las delicadas prendas

que cubren las palomas dormidas de sus pechos

(ahora escudos de bronce frente al sol)

han entregado a fuertes paladines

abnegadas doncellas,

para que por su amor se midan en combate

con las huestes de Éolo,

en el ancho palenque del Océano.

Los ardientes suspiros del fiel enamorado

las delicadas prendas inflaman, agigantan,

transforman en flamígeros dragones

cuya cola sutil transporta al caballero,

que veloz se desliza en plena mar.

Mi grupo y yo miramos la contienda

desde la multitud dispersa por la playa.

Luego vamos, valientes, a jugar con las olas,

que levantan sus lomos, simulan engullirnos

con sus enormes fauces

y nos hacen rodar por sus espumas;

son una fuerza blanda y juguetona,

cachorros de mastín.

Ya cansados, volvemos a la arena

y esculpimos en ella

la figura yacente del náufrago Odiseo

en la playa feacia (no ha salido muy bien).

Otra vez nos metemos en el agua,

hasta que al fin, rendidos,

buscamos las toallas,

nuestras pequeñas alas de dragón.

Nos vamos hasta el coche; y, ya en la carretera,

en la carrocería de una gran furgoneta

que nos va precediendo,

con llamativos rótulos,

se anuncia la alta escuela en que los paladines

aprenden a enfrentarse con el viento:

“Kite Tarifa School”.

Elogios y censuras

Las personas corrientes, es decir, la gran mayoría, tenemos una opinión bastante realista acerca de nosotros mismos; nos vemos como una mezcla a partes iguales de cualidades y defectos. Hace ya bastante tiempo, cierto familiar expresaba su opinión acerca de mí en los siguientes términos: “Todo lo que tiene de listo lo tiene de tonto”. No sólo no me molestó tal opinión, cuando otro pariente me contó la anécdota, sino que me pareció absolutamente certera. Pero, si nos paramos a pensar un poco, ¿a quién no conviene esa fórmula?

Así reflexiona José Luis García Martín, en alguna de sus críticas acerca de un poeta actual, aunque a la vez generalizando: Con el tiempo nuestras mejores cualidades se convierten en nuestros peores defectos (no pongo comillas porque cito de memoria). Se refiere a que, efectivamente, lo que en la luminosa juventud de ese poeta fue un hallazgo importante para la poesía, las reiteraciones de tal fórmula o imagen a lo largo de la vida de ese escritor, lo llegan a convertir en una mueca deplorable. Pero también puede ocurrir lo contrario. Y vemos, por ejemplo, que una chica que en su primera juventud nos pareció desgarbada y sin gracia, según va entrando en la madurez, se va convirtiendo en una mujer de inmenso atractivo.

Sabedores de esa tendencia al equilibrio que tiene la vida humana, todos, o casi todos, vemos en la propia motivos para que nuestra opinión acerca de nosotros mismos se mantenga en el fiel de la balanza. Lo que algunos poetas han expresado hablando de sí mismos y a la vez generalizando… Ángel fieramente humano es la escueta definición que hace del hombre Blas de Otero desde el mismo título de su libro. En el cual el soneto titulado precisamente “Hombre” termina con un verso que es otra sucinta definición del hombre: “ángel con grandes alas de cadenas”. Y Carlos Marzal, poeta de nuestro tiempo, reformula en tres versos el mismo concepto: “la bestia equidistante / entre el reino animal / y el reino de los dioses”.

Pues bien, si andamos a medias entre el debe y el haber, ni buenos ni malos sino todo lo contrario, es comprensible que cualquier pequeño elogio, que cualquier leve censura, tenga en nosotros, momentáneamente, un efecto colosal, de cataclismo: el fiel, que estaba tan tranquilo en su posición vertical, sufre un bandazo por un pequeño peso. Pero a continuación la tendencia al equilibrio se impone; y quien hoy recibe una censura, se acuerda de que ayer recibió un elogio; y viceversa. “Memento mori”, recordaba el esclavo al general triunfante de la antigua Roma. Y como figura contrapuesta, recordemos a aquel joven noble de la película1492, de Ridley Scott; lo último que el joven caballero dice, con toda solemnidad, cuando se ve vencido por los del bando de Colón, es: “Nosotros somos inmortales”; e inmediatamente se arroja al precipicio para morir. Es el sentido humano del equilibrio.

Transporte urbano

Esta calurosa mañana [escribo este apunte el día 9 del corriente] he tenido que bajar al centro, de la ciudad de Granada, para realizar una necesaria e insignificante gestión en un organismo de la Administración Pública. Si los ciudadanos realizáramos por Internet todas las gestiones que el buen uso de Internet nos permite, ¿cuántos cientos de miles de funcionarios, refiriéndonos sólo a España, podrían quedar en paro?

Como mi esposa iba a necesitar el coche, he bajado en autobús; para recordar, de paso, los viejos tiempos, de hace cuarenta años, en que este Antonio era estudiante sin moto. El autobús ha mejorado mucho: vehículo nuevo de motor potente y silencioso, regia suspensión, aire acondicionado… Pero no ha mejorado el viaje en autobús; porque la profusión de badenes (la cara opuesta de los baches de antes) someten a los pasajeros, especialmente a los que van de pie, como yo iba, y además en la plataforma trasera, a un continuo zangoloteo, similar al de una atracción de feria, producido por la rítmica sucesión de frenazos, saltos y acelerones (tirones del brazo estibador –sólo el derecho porque en la mano izquierda llevaba una carpeta- cogotazos contra la moldura del aire acondicionado, caídas en el vacío) que demuestran palmariamente que los estómagos e intestinos de mis paisanos gozan de sólidas estructuras. De mis paisanos y de mis paisanas, porque la mayoría de los viajeros eran viajeras. Un grupo de ellas, en los asientos enfrentados de la parte trasera, conversaba en voz bien alta, como de quienes, por su indudable honradez, de todo lo que dicen no tienen nada que ocultar al resto del pasaje. Debían de ser habituales conductoras de automóvil que habían coincidido, entre ellas y conmigo, en tener que prescindir del coche esta mañana, porque el tema de su conversación eran las dificultades que todas ellas padecían para meter su coche en su propio garaje, o para dejarlo aparcado en la propia puerta de la casa: siempre por la desconsideración de los vecinos, en ningún caso por la rapacería de constructores y munícipes. El contenido del coloquio, como digo: las dificultades del aparcamiento en el entorno hogareño; pero las formas estaban trufadas de expresiones de gañán de cuando los había. Quiere decir que ahora las señoras conducen y se conducen y conversan como sus maridos. Y viva la igualdad.

He llegado a mi punto de destino y he efectuado la entrega de documentos, de los que me han devuelto, con sello de registro de entrada, la pertinente copia. Ahora, a esperar sentados la respuesta de la Sra. Administración. Sentados o como sea… Por lo pronto el euro para el autobús de vuelta lo he echado en la caja colectora de un chavalillo que en la acera tocaba un acordeón, nada mal, por cierto; y he regresado andando.