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Lejos de Japón

Uno de mis columnistas predilectos nos escribía ayer acerca de lo refractarios que son los políticos españoles a conjugar el verbo dimitir en primera persona.

En nuestra etapa democrática el primero que dio de ello amplio, palmario y pedagógico ejemplo fue Felipe González. Ni después de haber convertido a la Zorra Roldana en Guardiana del Gallinero, ni después de que se hicieran patentes otras pifias tamañas, pensó que había motivo para dimitir.

-¿Dimitir? Muchos más motivos que yo tiene Dios para dimitir: Él lleva una pila de milenios haciéndolas más gordas, que no hay país de hambrientos al que no mande Su Sacra Divinidad un maremoto o un seísmo para aliviarles el hambre. Y a ver quién es el guapo que le grita ¡dimisión! Así que no dimito.

¿Cómo va a dimitir un político español por una cagada, grande o mediana, en el huerto? ¿Qué precedente sentaría para sus compañeros? ¿Qué iban a hacer después los que fueren llegando a similar encrucijada? ¿Irse yendo a la calle? ¡Con lo incómoda que es la calle!

Pues ahora pensemos… Lo mismo que el rostro es espejo del alma, los políticos son el rostro de la sociedad. Ellos dicen lo que somos. Y lo que somos es una inmensa pandilla de pícaros, la escuela mundial de la picaresca. Ahora bien, el lema del pícaro es sobrevivir, subsistir; y que llamen a otra puerta las monsergas morales.

La moral, o la ética, nos ponen a mirar nuestro delito, nuestra falta, nuestro error. Hasta que encontremos la manera de repararlo o de expiarlo. ¡Una bárbara expresión del masoquismo! A nosotros los curas nos acostumbraron a las curas blandas de nuestros pecados mayores y menores:

-¿Y estás arrepentido, hijo mío?

-Sí, padre.

-Reza tres padrenuestros y tres avemarías, y deja una limosna en el cepillo de las ánimas. Ego te absolvo a peccatis tuis…

Si esos curas hubiesen contestado de vez en cuando:

-Hazte el haraquiri y muere en paz, hijo mío.

Pero este país de hampones queda demasiado lejos de Japón.

Mi ciprés (medía 10 cm cuando lo planté)

Media docena de palabras

Como dicen que hacía San Isidoro en sus Etimologías, aquí me propongo escribir la glosa de una breve serie de palabras, probablemente todas emparentadas por su étimo (no dispongo de un diccionario etimológico del latín en el que poder consultar).

Se trata de una raíz léxica que a mí se me antoja la primera, la más básica, la que mejor representa el aliento primigenio de la vida, de todo aquello que nace, tiene pujanza y crece, se reproduce y muere.

VI. Este es el radical del que hablamos. Pronúnciese ui: una semiconsonante labializada seguida de una vocal cerrada anterior. Pongamos la boca en la posición de soplar sobre el ascua que ha de prender la estopa: iniciemos (o igniciemos) el fuego que representa el vigor de lo vivo en expansión.

VIS. Es la primera base verbal en la que el radical se explicita: la fuerza activa, emprendedora, creadora. No es la fuerza que se ejerce sobre otros seres sin la necesaria proporcionalidad y equilibrio, que constituye la violencia.

VIR. Es el varón que posee esa fuerza; o quizá lo contrario: poseído por esa fuerza que no se arredra ante la dificultad ni el peligro; y no se apacigua sino cuando ya está logrado el objetivo.

VIRGO. Estado anterior al de vir. Porque representa la vis aún encriptada, anterior al comienzo de su necesaria eclosión. Por consiguiente, el estado de virginidad no es algo exclusivo de doncellas: como hay doncellas hay donceles; y claro está que no nos referimos al restringido sentido sexual, sino al sentido amplio antes aludido. “Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida”. Son las palabras de Conrad Korzeniovski, futuro Joseph Conrad, a Roger Casement (El sueño del celta, cap. V).

VIRTUS. El empleo sabio y eficaz de la vis, que puede ser tan propio de la mujer como del hombre: aunque el mundo de la Roma antigua fue virulentamente machista, la historia antigua también está repleta de mujeres poseedoras en grado máximo de la virtus.

VITIUM. Se adquiere por un empleo desequilibrado de la vis, lo que produce, no expansiones armónicas del ser, sino deformes. La vida, no sabemos por qué, es sabia (y savia): tiende de modo natural al crecimiento en armonía. Pero con cierta frecuencia tropieza con factores que ejercen sobre ella violencia, lo que genera la respuesta viciada.

VITIS. Terminamos evocando la vis que se concentra en la vid; arbusto vivaz por antonomasia, que lo mismo se achaparra, se expande humilde, es decir, pegado al suelo, que trepa sobre los árboles más altos, anudándose a las ramas de éstos con la fuerza espiral de sus zarcillos. La planta que nos da la mejor fruta, las deliciosas uvas, en todo momento apetecibles, en todo plato o con todo plato deliciosas. “Cada cosa a su tiempo; y uvas, en habiendo”, dice un sabio refrán. ¿Y qué diremos nosotros del jugo en que concentra la uva su virtus, qué diremos del vino? Digamos sólo, y acabemos, lo que cantaba el argentino Horacio Guarany: “Si el vino viene, viene la vida”. Pero aquí no cantamos. Así que lo que vamos a hacer es concentrar el contenido, el zumo de la canción, en un escueto y seco proverbio latino: Si vinum vita.