• Páginas

  • Archivos

  • marzo 2009
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    23242526272829
    3031  

¡Autonomía…! ¡No mía…!

Soy profesor: me debo a mis alumnos. Lo sé. Y lo cumplo hasta donde llegan mis fuerzas. Y cobro a fin de mes. Y me siento reconocido y respetado por mis alumnos (este curso: sólo alumnos mayores). Hasta ahí, normal.

Pero… ¿y mis jefes? ¿Por qué desconfían tanto de quienes ellos han seleccionado –una exigente selección: título universitario, experiencia docente, oposiciones…–para ocupar estos puestos de peones de las aulas? Los políticos llegan a los altos cargos con muchas menos garantías de competencia… O llegan con la única garantía que interesa a los políticos: la lealtad –sumisión—al Partido. ¡Ah! Eso es lo que los políticos en el poder no ven en los maestros: sumisión. Y buscan el modo, ya que no hay sumisión, de imponer una mínimamente disimulada esclavitud.

Señores (esclavos) profesores: No hay más ética que la que impone el Gobierno. No existe el bien, sino el Gobierno. No hay otro lenguaje que el que impone el Gobierno. No existen las artes ni las ciencias sino por los cauces que determina el Gobierno. Nuestro Gobierno Autonómico, o sea, vuestro Gobierno.

Así que ya sabemos en qué consiste una Administración cercana al ciudadano: un monstruo dormita en las riberas del Betis. Y puede aplastarnos con sólo mover un párpado.

Et bien… On ne m’auras pas, moi. Vous ne m’aurez pas, moi. Je ne vous suivrai pas. Yo soy un profesor; y me debo a mis alumnos.

El espantapájaros, el pastor y la bandada

Si me preguntan, hoy por hoy –o por mañana–, qué es lo que más me gusta de este mundo, de contestar sinceramente, diría que la risa de mis hijas. La risa… e incluso la sonrisa.

Pero a mis hijas mayores las veo poco, son universitarias, no están en casa.

Ellas ausentes, pues, me redimo en la risa de mi hija menor. Y en la de mis alumnas (son mayoría las chicas en los cursos de bachillerato).

A veces siento envidia de los escritores; o sea, de los que viven de lo que escriben. Y me consuelo pensando que también la de profesor es profesión envidiable.

Ya lo he contado en este blog: uno de mis trabajos de niño fue el de espantapájaros. Había que evitar que las canoras avecillas se comieran lo sembrado. Ahora, en mis ocupaciones como profesor y padre, siento que me he convertido en guardián de la bandada, a la que debo llevar a pastar a los mejores sembrados, para que se alimenten de los mejores brotes y semillas, para que estén saludables y se rían.

Ojalá mis hijas tengan ahora profesores que propicien su risa, que las lleven a los pastos más almos, y que disfruten cuando vean que se ríen… de los espantapájaros.

Te… amo, te… harto, te… ato, te… ¡atro!

A mi compa y amigo Tomás Barroso

El teatro de mi ciudad es secular: pasó un siglo cayéndose a pedazos; y ahora está pasando otro siglo levantándose a pedazos. Espero que algún bisnieto mío me pueda mandar un e-mail al otro mundo (gonfertonio@otromundo.pa –pa de paraíso, naturalmente–) notificándome que ha asistido a la representación de una obra en el Florido; La gaviota, de Chejov, por ejemplo. Yo le preguntaría, en mi e-mail de respuesta, si la descripción “desde dentro” de lo que es la vida de un escritor de éxito seguía sonando tan verdadera en las alocuciones de Trigorin; le preguntaría si todavía la vocación de actriz desataba en la tierra pasiones tan furibundas como la de Nina; si actrices de éxito tan aplaudidas como Arkádina continuaban poniendo tanta carne propia en sus personajes como para llegar a la cincuentena convertidas en ninots de sí mismas; si jóvenes tan lúcidos como Tréplev se suicidaban todavía.

Mientras tanto aquí, en esta ciudad de teatro en obras no precisamente de teatro, hago como mi abuelo Miguel cuando me decía: “Anda, Antonio, ve por el libro y me lees un ratico”… Yo me voy a clase con mis alumnos optativos de Literatura y les digo: “Venga, coged El tío Vania y me lo dramatizáis un poquito”.