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Me dedico al médico

A los médicos.

Creo que lo más interesante que me ocurrió en el reciente mes de marzo fue la atención dermatológica de la que fui objeto. La doctora, una guapísima joven de la que yo estaría orgulloso si fuera su abuelo, me examinó, diagnosticó y eliminó un protuberante tumor cutáneo, una verruga del culo, perdón, del glúteo.

Y del presente mes de abril, ¿qué voy a decir? Con los soles, las nieblas, los rocíos, las lluvias de abril estoy familiarizado: nada, por tanto, de ello me sobrecoge. De los santos de paso, o sea, de madera o de escayola, paso. Alors, ¿qué es lo que me merece un comentario de mi mes de abril? Pues hablemos de mi visita al dentista: una radiografía, dos caries, una fractura… Y un diagnóstico: como tengo implantes en el maxilar superior y una sencilla prótesis en el inferior, estoy titicojo. Cojeo comiendo. Como cojearía caminando si llevara en un pie un zapato bueno, un Panama Jack por ejemplo, y en el otro una zapatilla de seis euros (el par).

Y ya lo veo venir… ¿Qué tendré que contar del casi amaneciente mes de mayo? De poner en mayas las hermosuras de mayo, ya se ocupó Lope de Vega. Y de ponerlas en romance, el anónimo autor de aquel del prisionero («Que por mayo era, por mayo»), que nos hizo llorar a casi todos de emoción y de compasión. ¿Qué tendré que contar yo del esplendoroso mes de mayo que ya asoma? Alguna visita médica, seguro. Que los discos de mis lumbares, sin ir mas lejos, están muy gastados, y en cuanto hago una leve inclinación me quedo torcido como un garabato, y me cuesta dios y ayuda, y un ayedo de ayes, volver a la postura de partida. ¡Mándeme algo, doctor…!

Ya sé, ya sé, querido lector, lo que ahora estás pensando: «Qué egoísta eres, maestro, solo piensas en tus males». Pero eso no es cierto. Estoy atento a los males del mundo, como, según imagino, estás tú. ¡Son tantos y tan grandes los males del mundo…! Yo te cuento los míos para que sonrías.

La voz de Los Clásicos

El encanto de abril,

con su lluvia, su sol, su arco iris, sus flores,

sus dulzuras, su música.

A las tres de la tarde,

mientras recojo la cocina,

a la hiedra frontera a la ventana

van llegando los mirlos. Y, posados,

muy atentos escuchan la lección musical

que cada día imparte Micaela Vergara,

en la que el instrumento imprescindible

no es sino la voz de Micaela.

Mozart, Beethoven, Bach, todos los grandes

la secundan, aportan su obra entusiasmados.

Los mirlos no se pierden una nota, un silencio,

un crescendo, un matiz, un comentario.

Al acabar la clase se dispersan.

Algunos se dirigen al jardín

donde está Miguel d’Ors escribiendo unos versos.

Quieren mostrarle ufanos

lo que con Micaela han aprendido.

Aniversario

En esta ciudad, en la que he vivido y laborado durante los últimos veinticinco años de mi vida laboral, aprendió mi padre a leer y escribir.

No vino aquí en edad escolar: vino a hacer la mili, que duró tres años. Alguna anécdota chusca guardo en mi memoria, de lo que me contaba acerca de su mili -aunque hablaba mucho más de lo que le llegó a continuación: la guerra-. Pero lo más importante, para él y para mí, fue que aquí, en las clases que les daban en el acuartelamiento -primeras y últimas clases de su vida-, se alfabetizó. Y escribía y leía mejor que muchos alumnos de los que hay actualmente en la ESO. Y, a partir de entonces, pudo enorgullecerse de no ser un triste analfabeto.

No es que después de la mili practicara mucho la lectura, y menos la escritura. Sus trabajos de campesino pobre, pobre de verdad, no lo requerían ni lo propiciaban.

Sus hijos sí que pudimos, los tres, ir a la escuela del pueblo. Y tener, incluso, la lectura como un hábito nunca abandonado. El menor, además, terminó una carrera universitaria: otro motivo de orgullo para él; y también de preocupación.

Este año me he acordado con más frecuencia de mi padre: en primer lugar, por haber tenido más tiempo, al estar prejubilado; en segundo lugar, por haberme prejubilado a la misma edad en la que el se prejubiló, aunque él estaba entonces bastante más cascado de lo que yo lo estoy ahora; en tercer lugar, porque cada día percibo más lo mucho que me parezco a él, y comprendo mejor lo que fue su vida, y lamento más los malos ratos que le di.

Hoy hace treinta años que murió.