• Páginas

  • Archivos

  • marzo 2022
    L M X J V S D
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    28293031  

Radio Clásica

El cura del pueblo, el que lo fue entre mis seis y mis once años, seguramente adolecía de defectos, como todo el mundo; pero hizo algo hermoso: compró un tocadiscos para la sacristía y un equipo de megafonía para la torre de la iglesia. Y, en las mañanas festivas, llenaba los aires de la rústica aldea con las divinas músicas de Grieg, de Mendelssohn, de Schubert.

El siguiente cura, don Ángel Peinado, fue párroco durante muchos más años. Y también era un gran aficionado a la música clásica. Incluso diría yo que su familia estaba llena de melómanos. Con él fui monaguillo durante su primer año en la parroquia. En la escuela del maestro don Antonio, don Ángel seleccionó nada menos que a diez niños para que fueran sus acólitos; y, probablemente porque se informó del triste ambiente que reinaba en la escuela –éramos salvajillos–, nos sacó de ésta y nos daba las clases en su casa, con la ayuda de su madrina y de alguna catequista. A veces usaba la palmeta, para que los verbos entraran en nuestras cabezas más deprisa, pero, en los ratos de calma y reposo, no era raro que nos soltara una plática con fondo de sonata beethoveniana.

Luego vinieron mis cinco cursos de seminario, donde la música, clásica o sacra, siempre estaba presente. La llegada, al seminario menor de Cuevas del Almanzora, está en mi recuerdo asociada a la Pequeña serenata nocturna, de Mozart. Ésta fue la primera pieza que nos puso don Jesús Peinado, hermano, claro, de don Ángel, en el rato de recogimiento y lectura que, sentados todos en el suelo de la cocina, seguía a la cena. Y el final de mi etapa de seminarista lo asocio con Las cuatro estaciones, de Vivaldi. Estábamos haciendo “ejercicios espirituales” en el seminario de la sierra, en el Hotel del Duque. Ya estaba yo en quinto curso, tenía dieciséis años; y, paseando por aquellos deliciosos parajes y oyendo las ráfagas de Vivaldi que llegaban del seminario por los altavoces exteriores, decidí cambiar de ambiente, y pasar a los estudios seglares.

La música clásica quedó algo preterida por algunos años. Creo que ello duró hasta que tuve mi propio radiocasete; entonces compraba cintas vírgenes, mucho más baratas, y las grababa de la radio.

Eran los tiempos en que estaba empezando Radio Clásica, que todavía era La 2 de Radio Nacional de España. Desde entonces, no por tiempos muy prolongados (casi nunca me he puesto música mientras leía o estudiaba), me ha proporcionado momentos de grata compañía. Así que nunca me suelto del todo de esta estupenda cadena, tendría que quedarme sordo para que tal cosa sucediera.

Ahora, en la penosa coyuntura de estas semanas en las que andamos todos con el corazón encogido por la guerra que arrasa un país de nuestra vieja Europa, amigo, te lo recomiendo: un rato escuchando Radio Clásica (cualquiera de sus programas, son todos buenísimos) te puede aportar compañía, paz, dulzura, conocimiento, equilibrio y armonía.

Madres

Soy un viejo (y tú también lo eres si has llegado a los setenta. Si aún no te acogota algún achaque, yo me alegro por ello contigo. Mas no te creas eterno, has entrado en el tramo final).

Soy un viejo. Y abuelo de un nieto más hermoso que el sol, que mañana cumplirá año y medio. Lo veo poco en persona, en “la presencia y la figura”, que escribió el santo Juan, pero lo veo bastante en fotos, vídeos y videollamadas. Vive a dos mil kilómetros de aquí.

Me acuerdo de él mucho, cómo no (y de la madre que lo trajo). Me acuerdo de él siempre que, por la calle, veo a un mayor, generalmente una joven madre, llevando de la mano a su pequeño; o lo lleva suelto, pero cerca, y va pendiente de él, y habla con él; y si el niño (o la niña, claro, o la niña) le contesta o le pregunta con una frase redonda, llena de vocabulario, de gramática y de vida, aunque él no tendrá más de tres o cuatro años, me emociono y me entusiasmo pensando en las posibilidades de cada ser de nuestra especie.

Puedo recordar que, cuando yo andaba por esas primeras edades, ni las madres, ni los demás familiares, ni los vecinos, ni el maestro, andaban tan atentos en la conversación con las criaturas: sólo esporádicos avisos que solían comenzar por el adverbio ‘no’; y de vez en cuando un guantazo en el culo o algún pescozón. Y no es que entonces las madres, o los mayores en general, no quisieran y protegieran a los componentes de la nueva camada, pero pensaban que cualquier exceso de atención o de ternura era contraproducente, aguacharraba, reblandecía al infante. Y seguramente algo de razón tenían, pero, sin duda también, algo de información les faltaba.

En estos tiempos, en los que tanto la madre como el padre han de ejercer un empleo (o varios) para tener la posibilidad de un estatus económico digno, esa escrupulosa y constante ocupación en la crianza de los hijos se ha vuelto mucho más admirable.

Maternidad y paternidad, algo heroico en la actualidad.

Así que cómo no pensar con admirativa pesadumbre en tantos miles de madres que, desgarrando su vida familiar, han salido, o están saliendo, o probablemente van a salir en los próximos días, de Ucrania, acompañadas de sus hijos, pero dejando atrás a sus maridos, su hogar, sus pertenencias, sus querencias, la cotidianeidad por la que tanto lucharon.

Ojalá todas ellas encuentren piedad, generosidad y fraternidad ¡y sororidad!, perdón, casi me olvido de ésta, allá a donde lleguen.

Cementerio

[Ayer, impulsado por algunas reflexiones sobre ciertos temas, como los suscitados por la película Vidas Paralelas, escribí esta entrada. Al acabarla, volvió a cernerse sobre mí el miedo actual a la guerra nuclear, que convertiría a nuestra Tierra en un cementerio muy distinto del que ahora podemos contemplar. Así que pensé que mejor no la publicaba. Hoy, después de horas dubitantes, me digo que toda autocensura es mala; y la publico.]

Pongamos que la especie humana lleva trescientos mil años, o sea tres mil siglos, viviendo en el planeta. Viviendo y muriendo. Adjudicando un cuarto de siglo a cada generación, doce mil generaciones. ¿Cuántos seres humanos, cuántos homines sapientes, pluralizando en nombre de la especie, han vivido y muerto en el planeta? Seguramente una cifra astronómica. Aunque las generaciones en los primeros siglos fueran poco numerosas, pronto fueron creciendo, y expandiéndose por los distintos continentes. Después, con la revolución agrícola, ya ni te cuento.

Así que nuestro planeta es la gran ciudad en la que ahora los vivos estamos viviendo; pero a la vez es el inmenso cementerio que ha ido acogiendo los cuerpos, los restos físicos, de todos los que han ido llegando al final de sus días.

Ello por no hablar de los restos físicos de los demás seres vivos, animales o vegetales, que han ido cayendo al acabar su vida: esa es una cadena de generaciones muchísimo más larga.

A todos esos seres vivos, cuando han acabado de vivir, los ha acogido, de una u otra forma, nuestro gran cementerio.

Ahora, centrémonos sólo en los humanos. ¿Cuál es la mejor edad para morir? Creo que cualquiera de nosotros diría que la de la vejez, cuando ya se ha recorrido, lo más completo posible, el ciclo de la vida. Y ¿cuál es la mejor forma de morir? Aquí tomaré del Quijote una cita breve (quien la quiera más larga, que vaya al capítulo 24 de la segunda parte): ”Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte: respondió que la impensada, la de repente y no prevista”.

Claro que esa muerte es relativamente impensable en los viejos, porque los viejos pensamos mucho en la muerte: sabemos que es ella lo que nos aguarda en algún punto no lejano del camino.

Hablo de los viejos como yo: los que no creemos en los cuentos infantiles que fantasean sobre iniciar otra vida tras la muerte.

Y ¿qué es lo que este viejo (ahora me centro en mí) espera al acabar su vida, tras una agonía que no quisiera más larga de un minuto? Pues lo que todos los anteriores muertos han tenido: un lugar y una forma, los que sean, qué más da, para integrarse en nuestro viejo, extenso e intenso cementerio.