Este año tampoco me va a tocar la Lotería de Navidad, que, prescindiendo de filosofías como ésa de que “la vida es una lotería”, es la única a la que juego. Y un año más no voy a sufrir por ello. Porque soy consciente de que continuamente recibo premios y regalos: cada vez que mi hija Hebe se choca contra mi barriga, o me da un abrazo… por ejemplo. Y regalos de los llamados propiamente “de Navidad”, ni te cuento:
-Mi esposa, la otra tarde: “Toma: tu regalo de navidad” (un libro recién editado de un autor que me gusta especialmente).
-El hombre del Círculo de Lectores, al día siguiente: “Tu libro para Navidad” (elegido por mí, de un autor vasco del que todavía no he leído ninguna obra).
-Antonio Muñoz Molina, en Babelia de El País: llega y me escribe un artículo (él no me conoce, pero eso da igual: me lo ha escrito) titulado “El libro ilimitado” que casi me hace llorar de emoción.
-Mis dos hijas mayores, dos guapísimas universitarias a las que, si todo sale como preveo, dentro de pocas horas les daré sendos abrazos y muchos besos.
Infinidad de regalos de Navidad he recibido estos últimos días, los cuales no detallo aquí por razones diversas (la principal: no me gusta ponerme pesado); y seguiré recibiendo si “las cosas” no se tuercen.
A cambio de tanto bueno como recibo, me gustaría dar siquiera algo; algo que, aunque no llegue a óptimo, merezca el calificativo de agradable.
Estimado visitante de Certe patet: pásalo bien en Navidad, aunque a ti tampoco te toque la lotería.
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