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Carta al lector

PEDRO G. CUARTANGO

EL MUNDO. Hoy

CUANDO se cumple una edad, se empiezan a echar muchas cosas de menos. No voy a cometer la indiscreción de enumerarlas, pero sí diré que añoro algunas costumbres del pasado que han desaparecido. Me refiero, en concreto, a la práctica de escribir cartas.

Cuando no existían los ordenadores ni los teléfonos móviles ni las redes sociales había en este país mucha gente que tenía el hábito de escribir cartas. Eso era antaño, en los tiempos de Franco, cuando las cabinas funcionaban con fichas, los pobres fumaban Celtas cortos y había cajas registradoras con botones y palancas.

En aquella España gobernada por unos señores de camisa azul, las cartas eran un medio subversivo para comunicar ideas proscritas, para expresar sentimientos o para salvar las distancias geográficas que sólo los expresos de medianoche acortaban.

Yo fui un gran escritor de cartas. A pesar de mis escasos medios, compraba papel de barba y sobres resistentes porque daba una gran trascendencia al hecho de escribir. Jamás lo hacía con bolígrafo y siempre empleaba una pluma estilográfica que cargaba en un tintero.

Escribir era un ritual, sobre todo cuando se trataba de cartas de amor. Puedo decir que he escrito cientos o miles en mi primera juventud, aunque con nulo éxito. Sería interesante volver a leerlas, aunque seguramente me produciría vergüenza la desmesura de mis sentimientos.

También escribía muchas cartas a mis amigos y, a veces, mantenía polémicas de naturaleza política con ellos. Cuando vivía en el San Juan Evangelista, raro era el día que no recibía dos o tres. Las metía en el bolsillo y esperaba a leerlas en solitario en mi habitación. Era un gran placer.

Ahora no tengo tiempo ni ganas de escribir cartas porque a nadie le interesa recibirlas. Es más bien una molestia porque la gente lo que quiere hoy es hablar por el Skypeo comunicarse por Twitter, condensando el mensaje en unos pocos caracteres. Yo que soy de matices, nunca me acostumbraré.

Escribir cartas era no sólo un hábito sino además una forma de entender las relaciones personales cuando no estábamos atacados por la prisa. Si se quiere entender a un personaje histórico, lo mejor es leer su correspondencia.

A mí me gustan mucho las cartas de Napoleón, que pasaba todo el día escribiendo a todo el mundo. El general corso era un gran aficionado a las cartas de amor. En una de ellas, locamente enamorado de Josefina Beauharnais, la dice: «No te pido amor eterno ni fidelidad, sólo una franqueza ilimitada». Lo que demuestra la ingenuidad de los grandes hombres en cuestiones amorosas.

Podría afirmarse que en las cartas descubrimos nuestros secretos más íntimos y confesamos aquello que jamás diríamos en un cara a cara. Sobre todo, los que somos muy tímidos.

Pero el gran atractivo de las cartas es su misterio, el hecho de que jamás podemos saber su contenido. Puede uno llevarse una gran alegría o una tremenda decepción. Son como la vida misma: pura incertidumbre.

Antes de suicidarse en Port Bou, Walter Benjamin se lamentaba de las cartas que ya no iba a poder escribir. Yo no escribo ninguna desde hace años y, por eso, me dirijo al lector. Esta carta es un desahogo, un lamento por un tiempo que se fue y que jamás volverá. Debería tener un encabezamiento y una despedida, tendría que haberla escrito con una pluma y mandarla en un sobre con un sello. Pero aquí queda: con remitente pero sin dirección. Triste, solitaria y final.

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