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Comentario detesto

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Clase de Bachillerato.

Aula de Segundo

C. Las alumnas

(sólo hay un mozo en este grupo)

hacen su examen penúltimo

para la evaluación (o vacación)

que se aproxima. Un examen muy duro

según ellas. Escriben el comentario

de ese pasaje celiano en que Sonsoles, en su sótano húmedo

de la calle de Ruiz

(vivienda por la que paga el matrimonio quince duros),

se queda sola zurciendo calcetines

cuando Seoane, su músico,

se marcha al café de doña Rosa. Sonsoles evoca

su mocedad, los tiempos en que daba gusto

verla: hermosa, gorda, reluciente;

señorita en su pequeño mundo

de Navarredondilla. Alguna de estas chicas

escribirá que es un insulto

que el Cela llame gorda a la Sonsoles.

El maestro, desgarbado y ventrudo,

pasea entre las mesas, se para ante la última ventana,

oye el estruendo confuso

de la cercana calle; sigue el vuelo

muy alto, libre, sereno, seguro,

de una apacible gaviota.

Se vuelve y ve al alumno,

que ignorando la celda colmenera

en que lo han encerrado, se recrea en sus músculos

juveniles, con aire satisfecho.

El maestro se aburre. Sin disgusto

mira algunas corpóreas modulaciones femeninas; y en seguida

piensa que no es ése su asunto.

Mejor escribirá unos versos, que poeta malo, malo,

vale más que difunto:

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Ya acaban sus trabajos las discípulas.

El profesor recoge el último.

Ya está aquí para explicar su Economía

el profe don Arturo.

En Algeciras; marzo

del año en curso.

Marzo de 2003

Insomnes

I

-¿Cuánto duerme el caballero

la noche que antecede a la batalla?

-¡Duerme nada!

-¿Cuánto duerme la señora

la noche que el Amor viene a buscarla?

-¡Duerme nada!

II

¡Oh cómo alivias con tu canto oscuro,

amigo mirlo insomne,

mis horas malas!

Cuando de breve sueño inquieto surjo,

envuelto en tus canciones

espero el alba.

Marzo de 2004

Espantapájaros

El menos sufrido de los empleos que desempeñé en mi infancia fue el de espantapájaros. El trabajo consistía en no ir a la escuela, sino al bancal en que mi padre había esparcido su semilla (entiéndase bien…) y dar de tanto en tanto algún grito más o menos aterrador, arrojar alguna piedra sin destino, pasear por los alrededores en busca de algún árbol al que aliviar de su carga frutal, charlar con algún vecino que anduviera por el paraje ejerciendo labor tan relajada como la mía.

Era habitual que complementara mis actividades disuasorias con las venatorias, de forma que si yo abandonaba mi puesto, allí quedaban los cepos, montados y montando guardia, por si alguna de aquellas atrevidas aves acudía en mi ausencia a comerse las semillas, reblandecidas por la humedad de la tierra, a punto de aparecer a la luz del sol como plantas recién nacidas. Los pájaros no se paraban ante aquellos tiernos brotes a meditar en el misterio de la vida; simplemente utilizaban sus patas y sus picos para trasladarlas del blando humus en el que estaban siendo alumbradas a la estrechez lóbrega de sus buches.

De modo que si ellas, las aves, no tenían miramientos, tampoco tenía que tenerlos yo; y tanto si era gorrión como si era ruiseñor, el desconsiderado pájaro perdía su vida en el cepo, y luego, convenientemente asado y sazonado, entregaba a mi cuerpo sus proteínas. En cierta ocasión en que ejercía este descansado oficio en un bancal de garbanzos recién sembrados en Las Jutilianas –mi vecino Ramón andaba por allí, ocupado en la misma profesión que yo, y podría dar fe de mi relato si no ha olvidado el episodio, que es lo más probable–, en esa ocasión, digo, trinqué viva, recién caída en la trampa, una cogujada; y en lugar de darle dura muerte, que era lo habitual, la até con un hilo a una junquera del chorro; con tan mala maña, que se escapó con el hilo en la pata. Mas no por ello después de la evasión dejó de visitar la finca para comerse los garbanzos de mi familia; ahora bien, era la primera en levantar vuelo y la que volaba más deprisa en cuanto oía mi grito de guerra. Allá iba ella, volando como un reactor, con su hilo en la pata haciéndole de estela.