Soy ateo desde los diecisiete años. Es decir, desde hace cuatro décadas. Es decir, desde unos cuantos meses después de abandonar el seminario. Por eso me resulta a mí mismo chocante que, después de tanto tiempo, siga recordando perfectamente letra y música de muchos himnos marianos que devotamente canté con mis compañeros muchas veces antes de las vacaciones de Semana Santa del 67, que fue cuando me aparté. La Salve gregoriana, por ejemplo, ese bello himno en el que Fernando de Rojas recogió las últimas palabras para su Tragicomedia. A veces añoro cantarlo una vez más, integrado en un coro de voces graves, ante una imagen de la Virgen esculpida en piedra en la Edad Media; una Virgen gótica, de rostro sencillo y risueño, toda vita, dulcedo, spes nostra.
Esperemos que Dios, a los que nos ha hecho ateos por su gracia, siga dándonos medios biológicos, intelectuales y morales suficientes para evitar el caer en la tentación de volver a ser creyentes.
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