Posted on 13 diciembre, 2007 by Antonio
Me cuentan que cierta directora de un instituto próximo, persona que, en cuanto la conozco como profesional y como señora, me parece admirable, está teniendo serios problemas con una inspectora. Y la causa de tal es que se ha permitido poner en los papeles una irregularidad de horario generalizada en los institutos, pero arteramente disimulada en la documentación oficial. Llega la Guardia Civil, llegan los tricornios, los que piden papeles: la cédula del burro, los papeles del camión… o la programación; sin mirar que amo y burro están que se caen de hambre, que chófer y camión está para el desguace, que programados y programadores pululan asilvestrados o desquiciados por aulas y pasillos de pesadilla. “¡Los papeles del camión!” ¿Que no hay papeles… que la documentación no está en regla? “¡Todos a la cárcel!”
En el sistema educativo actual los papeles son la realidad real. Los profesores y los alumnos habitamos en un mundo de sombras: ¡en la cueva de Platón!
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Posted on 12 diciembre, 2007 by Antonio
No por Antonio González sino por
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Ganarás el pan con tus manos casi infantiles todavía rígidas de frío y con tus rodillas desolladas de arrastrarte sobre la tierra endurecida por la escarcha, con el dolor de tu cintura y el de tu espalda que llevarás doblada todo el día. La piel de los dedos en torno a las uñas se te quedará en carne viva al arañarse con las aristas de la tierra helada cuando quieras recoger las aceitunas medio hundidas en ella, y cuando avance la mañana y el sol disuelva la escarcha se te hundirán los pies y las rodillas en el barro. Los hombres van por delante, arrastrando los grandes mantones de lona alrededor de los troncos de los olivos, golpeando con varas largas y gruesas como lanzas las ramas dobladas por el peso de los racimos de aceitunas verdes o negras, púrpuras, violetas, tan henchidas de jugo que revientan al pisarlas. A cada golpe las aceitunas caen como rachas sonoras de granizo sobre los mantones. Los hombres asedian el olivo, los más ágiles se suben a la horquilla del tronco para alcanzar las ramas más altas, hablan a gritos y ríen a carcajadas y muchas veces trabajan briosamente sin quitarse el cigarrillo de la boca. Llevan gorras o boinas, chalecos viejos de lana, pantalones de pana atados con una cuerda o con una correa a la cintura y botas sucias de barro. Trabajan metódicos, enconados, joviales, sujetando las varas bruñidas por el tacto de las manos, tirando de los mantones cargados de aceituna de un olivo a otro como cuadrillas de pescadores que arrastran sobre la arena una red rebosante de peces. Cuando un mantón está colmado y ya pesa tanto que no se puede tirar de él los hombres gritan: “¡Pleita!” o “¡Espuerta!”, y llegan corriendo los criboneros, con sus grandes espuertas de goma negra o de esparto áspero en las que los hombres vuelcan los mantones. Los criboneros son chicos algo mayores que yo, o de mi misma edad pero con más experiencia: de dos en dos llevan las espuertas llenas de aceituna hasta la criba plantada entre dos hileras de olivos. Allí vuelcan las aceitunas sobre una tolva que se prolonga en un plano inclinado hecho de cables de alambre: en la caída las aceitunas se separan de las hojas y las ramas rotas de olivo; y mientras caen, los criboneros las limpian todavía mas con movimientos rápidos de las manos. Uno de ellos abre un saco o un capacho de esparto, el otro levanta la espuerta de aceitunas limpias hasta que el saco está lleno, y entonces se cierra y se ata con un trozo de cuerda de cáñamo. Los sacos se van apilando según avanza el día, las manos de los criboneros separan la aceituna de las hojas, aprietan nudos en las bocas de los sacos, sujetan las asas de las espuertas otra vez llenas de aceitunas, tan pesadas que caminan tambaleándose sobre la tierra o se les hunden los pies en ella cuando hay mucho barro. Y mientras, las mujeres y los niños van cubriendo el terreno por el que los hombres han pasado, avanzando de rodillas, recogiendo las aceitunas que cayeron antes del vareo o las que han salido despedidas fuera de los mantones, arrastrándose debajo de las ramas y de la aspereza mineral de los troncos. Las mujeres y los niños ganan la mitad de jornal que los hombres. Pero ése es el único trabajo que a ellas les está permitido hacer fuera de la casa, y al final de los dos meses que dura la temporada de aceituna habrán ganado lo bastante para comprar ropa nueva a los hijos o pagar en la tienda de comestibles o en El Sistema Métrico las cuentas aplazadas. En la aceituna las mujeres y los hombres se relacionan con una soltura que no existe en ninguna otra circunstancia, se gastan bromas procaces que estarían prohibidas en la vida normal, y a veces, de las gavillas de mujeres arrodilladas, se levanta un escándalo de risas provocadas por historias que a algunas de ellas las hacen enrojecer y que los niños no entienden, o por una copla pícara que entonan a coro varias voces agudas:
En tiempo de aceituna
se hacen las bodas.
La que no sale al campo
no se enamora.
El viento de la Luna (cap. 14)
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Posted on 11 diciembre, 2007 by Antonio
Soy ateo desde los diecisiete años. Es decir, desde hace cuatro décadas. Es decir, desde unos cuantos meses después de abandonar el seminario. Por eso me resulta a mí mismo chocante que, después de tanto tiempo, siga recordando perfectamente letra y música de muchos himnos marianos que devotamente canté con mis compañeros muchas veces antes de las vacaciones de Semana Santa del 67, que fue cuando me aparté. La Salve gregoriana, por ejemplo, ese bello himno en el que Fernando de Rojas recogió las últimas palabras para su Tragicomedia. A veces añoro cantarlo una vez más, integrado en un coro de voces graves, ante una imagen de la Virgen esculpida en piedra en la Edad Media; una Virgen gótica, de rostro sencillo y risueño, toda vita, dulcedo, spes nostra.
Esperemos que Dios, a los que nos ha hecho ateos por su gracia, siga dándonos medios biológicos, intelectuales y morales suficientes para evitar el caer en la tentación de volver a ser creyentes.
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