Ayer, primer día de “cole” después de Navidad, en una clase de 3º de la ESO, recité un par de rimas de Bécquer (a modo de exemplum, inciso, variatio: ¿qué más da?). Y en concluyendo mi mínima actuación declaré al auditorio que tales poemillas habían sido escritos por un poeta del siglo XIX de nombre Gustavo Adolfo; y que se habría ganado un positivo el discípulo de los presentes que supiese decirnos su apellido (el del poeta: mis alumnos conocen todos su propio apellido). Alzó la mano Adrián y contestó: “Domínguez”. Y me dejó patidifuso. –¡Efectivamente!: Domínguez Bastida –dije yo–, aunque nadie le llame así, sino por el remoto apellido familiar que se adjudicó: Bécquer.
Hasta hoy no he caído en la cuenta de que a mi Adri le sonaba el nombre del diseñador y empresario de “La arruga es bella”; que no será poeta, pero que con ese versoeslogan dio en el clavo; o en el calvo. Claro que, siendo gallego, venía con ventaja: A engurra ê vella.
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