Llega y se sienta a su lado;
y en seguida lo acusa
(mientras se desabrocha botones de la blusa)
de haberla abandonado.
Ya le tira un bocado
(él emite un gemido… se le aloca el latido)
feroz bajo el oído
izquierdo. Lo enardece, le palpa, lo engatusa,
le escarba, ¡cómo abusa!,
sous la culotte. Musita sin sentido
una sarta de insultos, sandeces, improperios
sin traducción posible al castellano…
Mientras su castidad arrolla.
Le inspira, le suspira, le aspira, le transpira…
Luego, por fin, se alza, se compone, lo mira,
le dice “Adiós, estúpido” y se pira.
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