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El arranque del libro

Ayer era domingo. Desayuno, aseo… y lectura. El libro, recién llegado, como el pan recién salido del horno, me atrapa desde los primeros párrafos con taurina, con taumatúrgica fuerza. Pero no puedo leer más de las diez o doce páginas primeras, porque tengo faena.

“A veces hago lo que quiero. El resto del tiempo hago lo que tengo que hacer”, contesta Cicerón a su jefe Máximo (Gladiator).

No les pienso decir cuál era la tarea que exigía mi energía. Y tampoco, de coraje, les voy a declarar ni el autor ni el título del libro de cuyo arranque me arrancaron los deberes.

No les voy a permitir que me conozcan demasiado. No les voy a dar la oportunidad de que lean ese libro antes que yo.

Respuesta proporcional

En una calle céntrica, junto a su domicilio, una chica joven, tal vez adolescente, habla con alguien por su móvil. Concentrada en la conversación, mira al suelo, a sus pies. De pronto, frente a los suyos, pegados a ellos, aparecen otros pies. La chica mira al frente y apenas puede ver, porque una mano le ha atenazado la cabeza por la nuca, y tira de ella hacia delante, para que su boca se restriegue contra un pene que intenta penetrar en ella.

La chica logra zafarse, gritar; acude gente. Entonces el agresor se da a la huida, corriendo pero tranquilo; vuelve la cabeza y se ríe. Seguramente no es la primera vez que le sale gratis esta broma.

¿Agresión proporcional? Correr con ganas tras él hasta alcanzarlo, noquearlo de dos certeras patadas, sacar la navaja, cortarle el pingajo y metérselo en la boca.

–Ahora puedes chupártelo tú mismo cuanto te apetezca. Vas a ser feliz.

Mi amigo Falín

A mí me faltan, por lo menos, ocho años con éste para llegar a la jubilación; pero mi amigo Falín, año y medio más joven que yo, lo está desde los cincuenta y cinco.

Ha sido un policía a lo Torrente, que vivió muchos años con el síndrome de guerra en el País Vasco (escolta y conductor de mandarines de la política). Me contó anécdotas interesantes en aquellos años, pero no voy a reproducir aquí ninguna: me tendría que extender más de la cuenta.

Antes que policía, fue maquinista de imponentes artilugios: en carreteras, en puertos, en pistas de esquí. Un día me contó, estaba entonces en Sierra Nevada, que se había tirado de la máquina porque vio que le era imposible recuperarla de la caída al precipicio. Y, ya en el suelo, como la máquina no cayó, se volvió a subir en ella y la sacó del trance.

Antes que maquinista de máquinas pesadas, fue soldado en la infantería de marina; concretamente en una unidad donde los puteaban de lo lindo: la OMP, Organización de Movimiento en Playa. Se suponía que eran, en situación de combate, los que primero llegaban a la costa, a preparar una línea de defensa para el grueso del desembarco. Entonces era un atleta infatigable, de cuerpo perfecto. En una ocasión lo arrestaron: estuvo una temporada cargando con dos latas, de aquellas largas de la mortadela, llenas de arena; sólo las podía soltar lo imprescindible: para comer, aliviarse en las letrinas, dormir.

Hace poco perdió a su padre, que era tan bruto como él: un tabernero a la antigua usanza. Me contaron que en el tanatorio, cuando estaban velando al padre fallecido, mi amigo Falín sacó un cigarrillo y lo encendió. Y como alguno de los presentes le objetara que dentro de aquel recinto no dejaban fumar, él replicó: “El alquiler lo ha pagado mi padre; así que mientras él no proteste…”

En fin, que ya está jubilado. Y un poco escacharrado: cuando le faltaban unos meses para la dichosa jubilación, lo atropelló un coche. Fractura de vértebras, de la clavícula derecha… En ésta le ha quedado un bulto óseo como una nuez. Seguramente lo salvó su masa corporal; sus ciento diez kilos de paquidermo.

Este fin de semana he estado en mi pueblo y no lo he visto. Me gusta echar un rato con mi amigo; y le temo más que a una gripe: no encuentra el momento de volver a la casa si hay un bar abierto.