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Los últimos 200 años

No por Antonio sino por

DARÍO VALCÁRCEL

HACE 200 años el mundo despegaba en flecha, después de milenios de pobres avances. Grecia, Roma, la civilización del Nilo, del Indo, de Asiria, del Ganges o las grandes dinastías chinas eran fogonazos en la noche. Desde 1810, el crecimiento constante y lineal ha multiplicado por diez la riqueza (por 23 en Estados Unidos, por cuatro en el África subsahariana). Las desigualdades aumentan. Pero el desarrollo es asombroso. Lean el resumen de Martin Wolf en la página 9 del F. Times, 19 diciembre. Desde que la economía existe, es decir, desde la aparición de la escritura, unos 8.000 años, la historia se componía de avances y retrocesos. De 1780 acá, la vida de los pueblos, casi todos los pueblos, ha sido interrumpida por catástrofes y guerras: pero el crecimiento ha sido casi ininterrumpido. Ese ejercicio de suma + ha acabado con la esclavitud legalizada y con la servidumbre. Ha alumbrado el descubrimiento de las vacunas, el fin de los imperios, la extensión de la democracia y la información cotidiana.

Esta radical transformación coincide, es un modo de hablar, con la implantación de la energía derivada del sol y con la circulación, cada vez más intensa, de un antiguo producto, las ideas. Wolf llama energía del sol («fossilised sunlight») al carbón, petróleo y gas, guardados en el subsuelo, extraídos por el hombre desde 1800 e industrialmente explotados. El carbón o el petróleo son, en gran parte, materias vegetales transformadas en el seno de la tierra por el factor tiempo, millones de años. El cambio crecientemente acelerado que origina la extensión social de las ideas, más la transformación introducida por las nuevas energías, es la doble base que revoluciona el mundo. Europa reanudó la marcha en el siglo XV y pisó el acelerador a fondo en el XVII, para lanzar el proceso en que estamos hoy.

La democracia lleva a los europeos a acabar con dos antiguas plagas, la represión en el interior de Europa y el pillaje en el exterior. El siglo XIX impone en Norteamérica y en Europa el pacto político: acuerdos articulados entre grandes fuerzas, luego transformadas en partidos, surgidas de la base o de lo alto del sistema, acaba por convertirse en norma de las sociedades avanzadas. A veces habrá que pactar con partidos menores y necesarios. Las dos energías combustibles, el carbón y la inteligencia, dan vida al mundo moderno.

Posiblemente el debate intelectual, generador de grandes sistemas organizativos, ha servido de base a la extensión de las energías fósiles, generadoras de la nueva industria, multiplicadoras de la riqueza. En 1905, Albert Einstein mantenía un coloquio con sus alumnos de la universidad de Friburgo. Sus intuiciones sobre la base primordial de la materia fueron expuestas ante los doctorandos. Los espacios subatómicos, lo que existe entre los corpúsculos que viven dentro de los átomos, está compuesto por dos elementos distintos de lo que entendemos por materia. La materia menos material está compuesta por la energía de un lado, de otro la inteligencia. Dos componentes que desde el origen del mundo organizan la vida. Hay que ser atrevido para resumir en este recuadro algo tan complicado, pero no todos los argumentos se desarrollan con sencillez.

Escribimos desde el sur de Indochina, entre Battambang y la antigua Saigon. El mundo ha de enfrentarse, de pronto, a un enorme desafío, para muchos inesperado. Los bienes fósiles que han permitido el progreso han puesto al hombre contra las cuerdas. El calentamiento de la Tierra reclama el concierto entre científicos, políticos, diplomáticos, economistas. El preacuerdo de Bali muestra el camino. La desertización provocaría seísmos sociales en más de medio mundo. Las nuevas energías -viento, placas solares, biocarburantes, nuclear, entre otras- han de sustituir a las energías fósiles. Toda energía tiene su origen en el sol. Antes de 40 años, la mitad de las emisiones deberán reducirse al 50 por ciento. La inteligencia, hasta hoy, ha sabido hacer frente. De nuevo la inteligencia organizadora de los espacios subatómicos habrá de enfrentarse a la humana imbecilidad. Los profesores deben explicar trigonometría, los niños deben comprar helados. También en esta asignatura el presidente Bush ha sido el peor alumno de la clase. Pero grandes sectores de América son hoy un modelo a seguir. Una vez más, son los nórdicos, suecos, noruegos, finlandeses, daneses, respaldados por Alemania, Reino Unido y Francia, quienes dirigen el cambio.

Diario ABC. Jueves, 10 de enero de 2008.

Derechos de autor

El día 6 de este mes publicó Javier Marías en EPS un artículo que, cuando lo leí, me entristeció; con frases como la siguiente: “¿Y ustedes creen que dedicaríamos tanto esfuerzo si nuestras obras pasaran a ser “del dominio público” inmediatamente, si nuestra propiedad intelectual dejara de existir de hecho al instante y no sacáramos un euro de nuestras invenciones? Yo, la verdad, no escribiría una línea. O, mejor dicho, no la publicaría, y, como Salinger, guardaría mis textos en un cajón hasta la llegada de tiempos más respetuosos y menos saqueadores.” Ideas que a mí me parecen más adecuadas a un vendedor, de libros o de vinos, que a un artista de la palabra, título que, sin ninguna vacilación, creo que se merece el escritor Javier Marías.

Yo entiendo que el mundo está cambiando muy rápidamente, y que un hombre,al llegar a cierta edad después de haber trabajado honradamente durante toda su vida, espera, se siente con derecho a… poseer unos medios económicos que le permitan ir invejeciendo con dignidad, y atender a las “cargas familiares” si las tiene. Pero el arte… a veces es helarte.

Para consolarme de la tristeza que me produjo este artículo de Marías, recordé una imagen muy distinta de este escritor: la del joven de dieciocho años que se fue a vivir durante todo un verano en París, donde su tío le prestaba su piso. Y Marías, administrándose el escaso peculio con austeridad de eremita, se dedicó a escribir; y, viviendo como un lobo solitario, escribió su primera novela, Los dominios del lobo.

Pero volviendo al tema que ahora les preocupa a los artistas: la revolución de Internet como causa de que ellos disminuyan los beneficios que obtienen de sus obras. ¿Por qué no se asustan menos y se adaptan más al nuevo panorama? ¿Por qué no unen su altura de miras a una visión comercial realista?

Los que no somos artistas no vamos a pensar ahora en si Miguel Ríos sentía algún escrúpulo embolsándose pasta por cantar en concierto o grabar en disco el Himno a la alegría (letra y música de quien todo el mundo sabe); ni en si Serrat, cuando cantaba poemas de antonio Machado, consideraba que don Antonio, en el tiempo en que los escribía, se ganaba la vida como profesor de instituto, porque si se hubiera propuesto vivir de sus poemas se habría muerto, literalmente, de hambre.

Señores artistas: en arte y en ciencia, como en el alterne en los bares o en las rutinas de la vida doméstica, todos chupamos de todos, aunque el sentido común tiene también que marcarnos los límites. Adáptense a los tiempos: piensen en el mercado mundial y en la reducción de costes, también para los creadores, que supone Internet.

Yo, que no soy escritor pero soy filoescritor, es decir, me gusta jugar a serlo, el otro día, cuando leí el citado artículo de Marías, para quitarme más la pena, escribí aquí mi broma titulada ¡Ni un céntimo!. Si hoy estoy volviendo a rebuznar en el mismo tema, la culpa la tiene mi amigo Eustaquio, quien, en ese titulillo de ¡Ni un céntimo!, me hace el más halagüeño comentario: no por ofrecerme unos tragos de “su vino” (¡él sabe que me gusta!): lo llama “mi vino” porque lo cría con sus manos, desde cavar la viña o podarla, hasta trasegarlo o embotellarlo, de modo que lo podría llamar “sangre de su carne”, o casi tan hijo suyo como Antonio Jesús y Rubén. Pero sí: por ofrecerme unos tragos de su vino; porque así, en estos juegos literarios, me hace descendiente del autor del Cantar de Mio Cid, o de los primeros juglares que lo recitaron (“El romance es leído, / dadnos vino”); o del primero de “Mis poetas”, “el primero es Gonzalo de Berceo llamado”, que escribe al comienzo de su “Vida” del Santo de Silos:

Quiero fer una prosa en román paladino,

en qual suele el pueblo fablar a su vecino,

ca non so tan letrado por fer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

Amigo Eustaquio: “avec plaisir” acepto el trago.

Calle San Luis

A mis amigos de entonces

Antes de que a mi pueblo lo devorara el suburbio, mi calle, a la que todos llamábamos el Barrio San Luis, era una de las más céntricas, abigarradas, pintorescas y hermosas del lugar. Tenía casi todas las casas en el lado impar, orientadas al sur: una tira de viente números, más o menos, todas juntas e iguales, con sus muros de “jarcia” (tierra apisonada), con un amplio corral en su trasera, que los vecinos fueron aprovechando para construir, según las necesidades y posibilidades económicas de cada familia, leñeras, cuadras, marraneras, conejeras, gallineros… Las pocas casas del lado par se alternaban con tierras de labor, donde algunos árboles frutales eran atentamente vigilados, en sus evoluciones estacionales, por la rapaz chiquillería.

La vida bullía en mi calle, llena de niños, de actividad, de voces y de gritos, de pregones… Discurría a lo largo de ella un regato descubierto que era su principal delicia. Bordeado de juncia, de mastranzos y de otras plantas amigas del agua, algunos días de primavera se llenaba de mujeres que lavaban, de niños que chapoteaban al menor descuido de las madres… Y en las noches de verano los vecinos, en lugar de acostarse temprano en las tórridas camaretas altas, se sacaban a la puerta alguna cortina de saco, o una silla baja, para sentarse o recostarse a escuchar los comentarios de unos y de otros, a contar a los niños historias de muertos aparecidos, a relajarse contemplando la luz melosa de las estrellas y oyendo la monótona cantinela de los grillos.

Pero los días más hermosos eran los, no muy frecuentes, de las nevadas invernales: cuando abríamos el ventanuco de la camareta, donde dormíamos enterrados en pesadas mantas y pellizas viejas que apenas abrigaban, y contemplábamos el bello manto blanco, cálido y frío, que había descendido sobre nuestro paisaje.