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La nueva Gramática

Leyendo con mis alumnos de 2º de Bachillerato Como agua para chocolate, comento, en el capítulo XI, la frase “Su conversación era de lo más amena”. Les digo que aquí, en el castellano peninsular, resulta incorrecta; y les explico por qué. Pero también les digo que muy pronto vamos a poder consultar la Nueva gramática de la lengua española, que tiene en cuenta “el español de todo el mundo”; por si en Hispanoamérica, o en parte de ella, esta “conversación de lo más amena” se considerara una expresión normal.

La deseada Nueva gramática… Ayer Ignacio Camacho escribía una vibrante columna (y brillante, como todas las suyas) sobre el evento. La termina con una malévola alusión a la ausencia de la Ministra de Cultura en la solemne presentación.

Por mi parte, después de leer a Camacho, leí a Pérez-Reverte: la última página (hasta hoy, claro) de su Patente de corso, “Chantaje en Vigo”. Desoladora página, ésta del académico Reverte. En ella, por simple deducción, encontramos la causa de la mencionada ausencia de la Ministra: para el Gobierno, la Nueva gramática que tan emocionadamente recibimos muchos, empezando por el Rey, es sólo una bobada para profesores despistados u ociosos. Porque la verdadera Gramática de la Lengua la hace, y la impone, el Gobierno. Y los ciudadanos bien educados, es decir, ovinamente educados, debemos aplicarla cada vez que abrimos la boca, usamos el bolígrafo o tecleamos en nuestro ordenador.

De don Eduardo, de don Ángel, y de mis cicatrices

Don Eduardo Duro Estepa fue médico de mi pueblo durante… a saber cuánto tiempo: medio siglo tal vez. Pero en mi pueblo no ha quedado ninguna huella urbanística, civil, de su nombre: ni una placa, ni el nombre de una calle… Nada.

Es que mi pueblo es un pueblo típico, o sea, ingrato.

Ahora, hace pocas semanas, ha muerto don Ángel Peinado Peinado, que fue párroco en nuestro pago durante un cuarto de siglo, y que, a pesar de sus manías y de sus paranoias, hizo todo el bien que pudo a jóvenes, medianos y viejos. Pero ya está tan olvidado como el médico don Eduardo.

A éste, a don Eduardo, algunos de mis paisanos lo llamaban, ¡qué gracia!, Don Guarro. Cuando era uno de los poquísimos hombres que transitaban por el pueblo oliendo a limpio: no a mugre, a cuadra y a sudor.

El sudor del trabajo dignifica: lo sabemos. Pero dignifica mas cuando se lava la piel que lo ha emitido. No presumamos de trabajadores: seámoslo; y punto.

Y pasemos ya a la tercera parte de nuestro escrito de hoy: la referente a mis cicatrices de juventud. La primera, en la frente, a los cuatro o cinco años; la segunda, bajo el tobillo izquierdo, a los catorce; la tercera, en la ingle derecha, a los diecisiete. En la primera y en la tercera don Eduardo realizó un trabajo impecable. La segunda, la de bajo el tobillo,  no me la curó don Eduardo: era pleno verano, y debía de estar de vacaciones. Me la curó otro médico, un sustituto, supongo, que hizo una labor no menos fina.

Don Ángel Peinado, el párroco, no me curó ninguna herida corporal; pero me inició en el saber acerca del espíritu: de su existencia, de sus virtudes, y de sus dolencias. Antes de su llegada y de sus enseñanzas, yo sólo tenía cuerpo, como el chancho que hozaba y gruñía detrás del corral, allá en la cochinera.

Gracias a don Eduardo y gracias a don Ángel.

Otro puente en mi pueblo

Otra vez me ha acogido

el doblar de campanas.

Tan, tan, tan, tres clamores:

luego el muerto era un hombre.

Era un hombre: ya sólo es lo que queda en la memoria

de los hijos, de prójimos, de amigos.

Y, para compensarme, mi pueblo me ha ofrecido

su gran feria del mosto. El vino nuevo para

los paladares estragados por

lo amargo de la vida, la acidez de la envidia,

por la lepra del paro.

Las familias se juntan (a veces lo contrario),

andan codo con codo ante la adversidad.

Nuevas vidas: Jimena va a tener una hermana.

Y se ha acabado el puente. Volvemos al trabajo.