• Páginas

  • Archivos

  • octubre 2007
    L M X J V S D
    1234567
    891011121314
    15161718192021
    22232425262728
    293031  

Que de mí quede…

Algún poema,

un divino ciprés

y mis tres hijas.

Novelista

Si yo ahora les dijera a ustedes que envidio a un novelista, lo mismo se les ocurría hacer un tonto calambur y comentar que es de tontos envidiar al que no ve lista, porque listas hay muchas, de todos tipos, plumajes y pelajes; e incluso listísimas.

Si yo les declarara que envidio a un novelista porque ha publicado una novela titulada El mundo, tal vez ustedes, picarona y compasivamente, sonrieran replicándome: “Cierto… ¡caramba!, a partir de hoy, cuando alguien nos comunique que acaba de leer El Mundo, tendremos que preguntarle: ¿el de Pedro Jota o el de Jota Jota?”

Si yo les confesara que envidio a un novelista que acaba de ganar un premio de seiscientos mil euros, tal vez ustedes intentaran consolarme diciendo aquello de que no es euro todo lo que reluce, que no me fíe de Lara ni de Hacienda –que somos todos-, que a ver si luego lo que le dan al novelista es un seiscientos, repasado de motor y repintado, y mil euros.

Y si yo, finalmente, les explicara que envidio a Jota Jota, no porque ha escrito El mundo, no porque ha ganado un seiscientos y mil euros, sino porque es capaz de continuar escribiendo un día lo que estuvo escribiendo el día anterior, cuando yo no soporto acercarme a lo que escribí hace unas horas (¿a qué cocinero le gusta la comida que ha estado cocinando y oliendo durante toda la mañana?), creo que ustedes entonces me consolarían y confortarían  asegurándome que no debo preocuparme en absoluto, que yo tengo Certe patet, que en Certe patet he encontrado la horma de mi zapato, o de mi certepato; y que escriba hoy en Certe patet lo que esta noche se tragará  el Gran Océano de Internet sin dejar rastro. ¡Y sanseacabó!

Gracias, compasivos amigos internautas, por consolar a este pobre.

Andariano

Para pasar en mi pueblo este fin de semana prolongado por el viernes Día de la Hispanidad, me he llevado un libro de poesía: Poesía completa, de Víctor Botas.

Una forma tan plausible como otras muchas, ésta de que un andaluz celebre la fiesta de España leyendo a un poeta asturiano… Tengo –o tuve- amigos asturianos. Y a veces he sentido enormes deseos de que alguna divinidad doblase por medio esta piel de toro que nos acoge para darles un abrazo… De modo que los sigo recordando con especial emoción cuando leo a alguno de sus paisanos: a Víctor Botas, por ejemplo, que me recuerda a Clarín (el más grande) por haber acabado la vida cuando estaba próximo a la raya del medio siglo.

Conocía a Botas por una antología de 1996 (de J. L. García Martín; editorial Renacimiento) y por su último poemario, póstumo, que ya tenía bastante leído: Rosas de Babilonia.

No he terminado esta Poesía completa: una razón más para que no se me ocurra ahora hacer la crítica de Botas. Bueno… Reconozco que me han resultado poco interesantes sus dos primeros libros, en los que a pocos poemas les he puesto la señal de la cruz de mi antología personal. Pero la cosa cambió al llegar al tercero: Segunda mano. Y no digo más. Sólo que se ha producido la casualidad de que el último poema que he leído, que es el último de Historia antigua (1987), y que se titula “Asturcón”, es un poema en el que Víctor Botas no sólo evoca, sino que parece enjuiciar, o criticar sin acritud, a sus amigos, o enemigos, los poetas andaluces. No es una apreciación mía: en el prólogo del volumen, la misma pluma del poeta escribe lo siguiente: “Historia antigua fue finalista del Premio de la Crítica, premio que igual no consiguió a causa del poema titulado “Asturcón”, que por lo visto sentó como un tiro a amplios sectores del poderoso clan de la poesía andaluza.”

Pues bien, pongo mi granito de arena para fastidiar a los poetas andazules –yo no soy andazul, sino andariano, como hago pregonar al título de hoy- copiando aquí, para los visitantes de Certe patet, el poema…

ASTURCÓN

(Epílogo marcial)

Este caballo de pequeña alzada

que ciñe, como puede, el torpe casco

a un trote acompasado, vino a ti

desde Asturias. –Comprendo

que los hay en la Bética más dóciles,

con más escuela, vamos, y capaces

de recorrer la vía

Hercúlea, meneando

las cachas casi casi

igual que Telezusa (sí, la chica

aquella, gaditana por más señas,

que de sobra podría

levantársela a un muerto

con sus danzas). Pero éste,

éste que vino

a ti desde las brumas

sigilosas del Norte, atravesando

a trancas y barrancas las alturas

de los montes astures, tan huraño,

tan modestito él, tan poca

cosa y, por si no bastara,

cojitranco, contento

se daría en los dientes con un canto,

si acertara a traerte,

para adornar tu sien, no el oro,

no las rituales ínfulas, tampoco

insensatas guirnaldas (a la postre

no se trata, supongo, de inmolar

una cerda preñada

a la pródiga Ceres), sino algo

(imagina un instante que ahora mismo

emprendes, yo qué sé, un largo viaje

a las míticas fuentes

del somnoliento Nilo

con tu amor imposible,

romántico y secreto), sino algo, decía,

muy parecido en todo

a una emoción inquieta y -¿por qué no? ¿por qué no,

a ver, por qué?- unas gotas

de sonriente coña beatífica.