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Elogio y reproche…

…a Luis Alberto de Cuenca, sin ir más lejos.

Para mí fue una especie de revelación la lectura, en el verano de 2002, de Los mundos y los días (Visor). Era auténtica poesía de nuestro tiempo; hecha con amor a la tradición de las mil y una literaturas en las que el autor había vivido; y con el desenfado de un hombre libre y de su tiempo, sin otras deudas que las consabidas.

Ahora, que acabo de leer su antología Su nombre era el de todas las mujeres (Renacimiento), me entero, por Clarín, 80, de que ha salido otra antología más del poeta: Hola mi amor, yo soy el lobo… (Rey Lear). O sea, que don Luis Alberto es, no sólo un poeta excelente, sino también un poeta en la trompeta de la Fama. Me alegro. Ojalá expertos y editores y poeta se pongan de acuerdo para que, próximamente y cuanto antes, salga una antología pensada para y dedicada al… amplio y restringido público de las alumnas de Bachillerato (por supuesto: y de ese residuo de alumnos varones que aún queda), que, por cierto, no vería con buenos ojos esa serie de poemas luisalbertianos de “te amo ergo te amato”. Fin del elogio.

También acabo de leer Poesía (Antología 1926-1955) –Renacimiento- de Agustín de Foxá; con prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Prólogo en el que el Sr. Cuenca nos dice que él no ha hecho la selección de poemas, sino Abelardo Linares; y que él… “he corregido algunas erratas del original […], pero no he modificado la horrible puntuación con que Foxá atormenta sus poemas, ni las arbitrarias grafías de nombres propios, ni las comillas inapropiadas, ni los problemas métricos, ni las incorrecciones de una poesía tan oral e improvisada como la de nuestro poeta […]”. Improvisada como esta antología, yo diría; en la que el prologuista sólo ha corregido alguna erratas que le han salido al paso en un hojeo/ojeo de “visto y no visto”; o sea, “dejo desnudo a Agustín, y con los cataplines colgando”. Algo más de trabajo por parte del Sr. Cuenca se merecía don Agustín, y nos merecíamos los lectores de la editorial Renacimiento.

Don Luis Alberto: o trabajamos bien allí donde vamos a poner nuestro nombre, o dejamos las manos en las caricias íntimas, que es donde más “agustín” están. Fin del reproche.

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